agosto 01, 2009

La pasión se escapó de mis manos... mas ella aún no regresa

—¿Quieres que te ame? —preguntó Guido en voz baja.
—¡Sí, quiero que me ame! —respondió Tonio—. Me arrodillaría para conseguir que me amase. ¡Usted es mi maestro! Usted es quien me guía y me determina y escucha mi voz como nadie lo ha hecho jamás. Usted es quien lucha por mejorarla de un modo que yo solo no podría. ¿Cómo puede preguntarme si deseo su amor? ¿No puede hacerse todo esto con amor? ¿Es que no cree que si me demostrase el más leve afecto yo no me abriría a usted como las flores de primavera, que no me esforzaría hasta conseguir que mis progresos anteriores le parecieran insignificantes?

»Cantar la música que ha escrito. Si me amara, podría hacer cualquier cosa de la que usted me creyera capaz. Sólo con que acompañara sus más duras y sinceras críticas con un poco de amor. Mezcle ambos sentimientos y yo venceré esta oscuridad, encontraré la salida, podré crecer en este sitio húmedo y extraño en el que soy una criatura cuyo nombre no soporto escuchar. ¡Ayúdeme!

Tonio calló. Aquello era peor de lo que nunca hubiese imaginado, y se encontraba perdido, completamente perdido, y ni siquiera quería ver aquel rostro brutal y desconsiderado, cuya mirada, siempre al borde de la ira, se llenaba de desprecio ante cualquier signo de dolor o debilidad. Cerró los ojos. Recordó que una vez en Roma, parecía que hubieran transcurrido siglos, aquel hombre lo había abrazado, y él casi se había reído de la estupidez que encerraban sus palabras. Pero cuando la estancia se empañó en su visión, cuando la vela se apagó de repente y abrió los ojos en medio de una oscuridad cegadora, pensó: «Oh, todo esto no son sino palabras que caerán en el olvido como todo lo demás, y mañana nada habrá cambiado, cada uno de nosotros seguirá viviendo en su propio infierno, pero yo me haré más fuerte y me endureceré hasta conseguir que no me afecte.»

Porque así es la vida, ¿no? Así es la vida, y los años se sucederán con rapidez, porque así es como debe ser. «Cerrad las puertas, cerrad las puertas, cerrad las puertas.» Y ese cuchillo que me ha traído aquí no será más que el filo cortante de lo que nos aguarda a todos.

En el aire persistía el olor a cera quemada.
Entonces oyó los pasos de Guido en el suelo de piedra y pensó: «Esta es la humillación final. Dejarme aquí solo.»

Su crueldad nunca le había parecido tan exquisita, tan arrolladura. Ah, y las horas pasadas en su compañía, formando un violento matrimonio de trabajo extenuante que constantemente se expresaba en términos de una sublime tortura.

¿Y a qué conclusión he llegado? ¿Que en esto, como en todo lo demás, estoy solo, algo que ya sabía, y que con cada día que pasa voy comprendiendo mejor?

Se sentía ir a la deriva.
De repente advirtió que el pasador de hierro de la puerta estaba echado y que Guido no lo había dejado abandonado.
Se le cortó la respiración. No veía ni oía nada, pero sabía que Guido estaba allí, observándole. Lo invadió una punzada de deseo tan intensa que se quedó asombrado.
Tonio irradiaba deseo, lo irradiaba hacia la oscuridad y parecía chocar contra las cuatro paredes de aquella habitación cerrada, y se volvió esperando, esperando.

—¿Amarte? —Era la voz de Guido, tan baja que Tonio se inclinó hacia delante, como si la anhelase—. ¿Amarte?
—Sí... —respondió Tonio.
—Te deseo con locura. ¿No te habías dado cuenta? ¿Nunca has intentado ver más allá de mi frialdad? ¿Tan ciego estás a mi sufrimiento? Nunca en vida había sufrido por nadie como por ti, pero hay distintas clases de amor y estoy cansado de intentar separarlas.
—No las separe —susurró Tonio. Extendió los brazos como haría un niño dispuesto a coger lo que desea—. Entregúeme ese amor. ¿Dónde está, maestro? ¿Dónde está?
Entonces le pareció percibir una corriente de aire, ruido de pasos y el roce de la tela, y sintió el tacto vigoroso de las manos de Guido, unas manos que en el pasado sólo le habían pegado, y luego aquellos brazos que lo envolvían. En ese momento lo comprendió todo.
Sin embargo, ése fue el último destello de pensamiento, y comprendió cómo había sido y cómo sería, y sintió el pecho de Guido, y luego su boca que lo desgarraba.
—Sí —susurró—. Ahora, sí, démelo todo maestro. —Estaba llorando.

Guido le besó los labios, las mejillas, hundiendo los dedos en él como si quisiera devorarlo, y pareció que, mediante un proceso alquímico, toda la crueldad se transformaba en una efusión desbordante que desechaba cualquier parodia de odio o castigo para lograr la más rápida y desesperada unión.
Un grito al cielo. Anne R